La soledad de los ancianos que se resisten a abandonar el Bronx

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Tal vez con el paso de los años se les hizo difícil desarraigarse, o quizá encontraron un hogar entre lo que para el resto de la ciudad solo era un escenario de asesinatos, violaciones y torturas. Luego de un año del despeje del Bronx, dos parejas de ancianos se rehúsan a abandonarlo. Son los últimos inquilinos de la que fue la olla más grande del país, hoy convertida en dos cuadras de ruinas, de edificios demolidos entre los que pasan sus días.

Tres de ellos están sentados en una cama doble mientras esperan que, en una estufa montada sobre ladrillos, se sofrían pequeños trozos de tomate. Al final de la mañana es lo único que tienen para comer. Rosa Helena, aún en pijama, se recuesta apoyada en un brazo. Tiene cicatrices por todo su cuerpo moreno. Al lado está Jairo Silva, su amigo, a quien solo le queda un diente en firme, y Ómar Ramírez, su esposo. Conversan y, como si tuvieran turnos definidos, cada uno sufre ataques de tos seca y sofocante: la dolorosa cicatríz del bazuco. En esas entra Marta Rodríguez, la pareja de Omar.

-Me da gusto ver a la familia reunida, dice alegre.

Y parece que los demás se pusieran de acuerdo para responderle con más tos.

 

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